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¿Cuánta razón tenían Borges y Bioy Casares?

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“Esse est Percipi”: Ser es ser pecibido, titularon esos dos próceres de la literatura a un cuento que critica con un talento tan auténtico como el de los que son capaces de hacer simétrica la fantasía con la realidad.

  • Y pensar que fui yo quien les inventé esos nombres.
  • ¿Alias? –pregunté, gemebundo – . ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?

La respuesta me aflojó todos los miembros.

  • ¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?

Pertenezco a la primera generación que comenzó a consumir el futbol como un producto: nuestro primer ídolo fue Ronaldo, el gordo, quien driblaba por vez primera con la bandera de la mercadotecnia y anotaba goles que facturaban millones para su marca patrocinadora.

Nos enamoramos – la gran mayoría – de un equipo tan endeble como el que es compuesto por puros galácticos, mismo que sobrevive por la falsa ilusión de quien no reconoce que los fracasos resaltaron más que los éxitos.

La mercadotecnia, por naturaleza, nos fue convirtiendo en aficionados consumistas y llegamos a tal punto que delirábamos por unos tachones, los cuales nos iban a dar la virtud de pegarle a la pelota como David Beckham.

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En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.

  • ¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? – exclamé – ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De verás que se llama Ferrabás?
  • Qué espere – ordenó el señor Savastano
  • ¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? – aduje con sincera abnegación.
  • Ni se le ocurra- contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da…

Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:

  • Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.

Junté fuerzas para aventurar la pregunta:

  • ¿Debo deducir que score se digita?

Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.

  • No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a malicias que todo es patraña? El último partido de futbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el futbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

El futbol, los deportes en general, han cambiado radicalmente la manera de ser percibidos. Esto, que quede claro, no quiere decir que esté en contra completamente, es sólo una reflexión a partir de una lectura. Cuánta razón tenían Borges y Bioy Casares en tiempos en los que se habla de amaño de partidos en una de las ligas más prestigiadas del mundo; en tiempos donde los deportes son diseñados para verse a través de una televisión, en tiempos donde los ídolos son efímeros y nos deleitamos de ellos en Youtube.

  • Presidente, usted me mete miedo – Mascullé, sin respetar la vía jerárquica -. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?
  • Muy poco – contestó con su flema inglesa -. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marca gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.
  • ¿Y si se rompe la ilusión? – dije con un hilo de voz.
  • Qué se va a romper – me tranquilizó. –Por si acaso, seré una tumba – le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.
  • Diga lo que se le dé la gana, nadie se lo va a creer.

Algo que lleva tanto tiempo arraigado a nosotros se vuelve normal, difícil de notar, prácticamente imposible.

Los futbolistas, deportistas en general – me decía un amigo no hace mucho – han tomado la abandonada figura de los rockstars. Están en todos lados, existen a partir de ser percibidos. Ser es ser percibido en este mundo ávido de novedades y de inmediatez. Cuanta razón tenían Borges y Bioy Casares

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