Congeladora

Eduardo Galeano: el escritor que vivió el futbol a sol y sombra.

El día de hoy falleció uno de los escritores más importantes de América Latina, gran periodista y un aficionado al futbol, de esos que eventualmente aceptaron su escasa calidad con la pelota y decidieron convertirse en testigos de su historia. Fue un amante del realismo mágico causado por la número cinco, no un villamelón convencido de que el futbol existe para amar a un equipo y odiar a todos los demás.

“Como todos los uruguayos quise ser jugador de futbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país…Como hincha, también dejaba mucho que desear. Juan Alberto Schiaffino y Julio César Abbadie jugaban en Peñarol, el cuadro enemigo. Como buen hincha de Nacional, yo hacía todo lo posible para odiarlos. Pero el Pepe Schiaffino, con sus pases magistrales, armaba el juego de su equipo como si estuviera viendo la cancha desde lo más alto de la torre del estadio, y el Pardo Abaddie deslizaba la pelota sobre la línea blanca de la orilla y corría con botas de siete leguas, hamacándose sin rozar la pelota ni tocar a los rivales: yo no tenía más remedio que admirarlos, y hasta me daban ganas de aplaudirlos”.

Sabiamente afirmó que el futbol es “un triste viaje del placer al deber”, refiriéndose a la forma en la que su industrialización lo había despojado de la belleza que representaba el hecho de que se “jugara porque sí”. Escribió que el juego pasó a “tener pocos protagonistas y muchos espectadores”, recriminó que el futbol se convirtiera en un deporte “que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”. Pero agradeció y reconoció a los “descarados carasucia que se salen del libreto y cometen el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”

Abordó la figura del técnico, describió su transformación de Entrenador – quien gritaba: “vamos a jugar” – a director técnico – quien exigía más trabajo que juego – . Detestó el tránsito de la “Osadía hacia el miedo”, poniendo como ejemplo el cambio en la estética y funciones de las alineaciones: del 2-3-5 al 4-3-3 ó 4-4-2. Identificó que nunca hablan de la fórmula empleada en las victorias, pero con una admirable demagogia explican sus derrotas, y el fugaz amorío con la grada, que un domingo le grita: “¡No te mueras nunca! y el domingo que viene lo invita a morirse”.

Denominó “El milagro de la resurrección” a la costumbre de los futbolistas de hacer tiempo simulando un dolor insoportable hasta que la asistencia médica entre, lo saque del terreno de juego, donde finalmente, de un salto se ponga de pie y pida su reingreso a la cancha. Aseguró que no había “nada menos vacío que un estadio vacío”. Tampoco “nada menos mudo que las gradas sin nadie” y que si se escuchaba con atención se podrían escuchar viejas desgracias o glorias que se suscitaron en cada estadio.

«Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: Una linda jugadita, por amor de Dios.

Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece».

 

1 Comment

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  1. lacongeladora

    14 abril, 2015 at 4:05 am

    A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.

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