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El Maracanazo visto a través de la literatura

El Maracanazo, ocurrido un 16 de Julio de 1950 ante la presencia de 200 mil aficionados brasileños que no esperaban otro resultado que no fuera la victoria, pasó a la historia por la incomprensión de aquella derrota.

Escritores y ex jugadores se han encargado de reflejar aquella proeza uruguaya y catástrofe brasileña a través de la literatura.

Juan Villoro, escritor mexicano apasionado por el futbol e hincha del Necaxa, escribió en su libro Dios es redondo, una crónica dedicada al primer portero de color de la selección brasileña: Moacyr Barbosa, el encargado de resguardar la portería verde amarela en la Final del Maracanazo, y a quien culparon el resto de sus días por el triunfo uruguayo.

«Barbosa se jubiló con una pensión de 85 dólares mensuales que luego le mejoró el Vasco da Gama. Durante noches sin número soñó con el gol del desastre y padeció toda clase de humillaciones públicas. En una ocasión, una mujer lo señaló y le dijo a su pequeño hijo: ‘Ése es el hombre que hizo llorar a un país'».

Otro personaje que destacó, no por sus goles, sino por su liderazgo fuera y dentro del terreno de juego fue Obdulio Varela, el uruguayo que tuvo el temple para enmudecer al Maracaná. A él, Jorge Valdano, ex jugador argentino, lo destacó en su escrito: La derrota más grande del mundo.

«Obdulio Varela, capitán uruguayo, empezó a tejer su leyenda el sábado 15 de julio de 1950, víspera de la final. En primera, a ocho columnas, el diario O Mundo titulaba bajo una gran foto del equipo brasileño: ‘Estos son los campeones del mundo’. Manuel Caballero, cónsul honorario de Uruguay en Brasil compró más de 20 periódicos, los repartió entre los jugadores antes del almuerzo y hurgó con el puñal: ‘Mi pésame, los señores ya están vencidos’. Obdulio Varela se encerró en el baño que el hotel Paysandú tenía reservado para los jugadores uruguayos y, muy serio delante de sus compañeros, se puso a orinar sobre el inconsiderado diario».

Por otro lado, Eduardo Galeano, escritor e historiador uruguayo escribió en su libro El futbol a sol y sombra otra anécdota sobre su héroe uruguayo, Obdulio, que ocurrió después de aquella Final.

«Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas».

Luciano Wernicke, periodista argentino, escribió en su reciente libro: Historias Insólitas de los Mundiales de Futbol, varias anécdotas que envolvieron a aquel partido.

Mientras el único sonido que se escuchaba en las tribunas era el de las lágrimas cayendo contra el suelo… Un golpe en el que sólo creían los onces celestes que salieron al césped del Maracaná. De regreso a Montevideo, los dirigentes uruguayos mandaron acuñar medallas de plata para los futbolistas y de oro para ellos mismos. Esta distinción provocó náuseas a los héroes: ‘Si lo hubiéramos sabido, perdíamos a propósito’, aseguró Varela. ‘Yo la tiraba afuera’, se le sumó el goleador Ghiggia».

Acerca del técnico brasileño, Wernicke escribió:

«En el vestidor quedó el entrenador del equipo, Flavio Costa, convencido de que sería asesinado en cuanto pusiera un pie fuera del Maracaná. Costa permaneció encerrado durante dos días y solamente aceptó abandonar el coliseo cuando un familiar le alcanzó un disfraz muy particular. Casi 48 horas después del pitazo final, el técnico escapó de su cautiverio vestido de mujer».

Y en el que probablemente podría ser catalogado como uno de los textos más originales sobre el Maracanazo: Una sonrisa exactamente así, cuento escrito por el argentino Eduardo Sacheri, se lee una historia sobre un tipo que corteja a una mujer, a quien define como la cosa más hermosa que ha visto, contándole la historia, la proeza, la hazaña de los once uruguayos que conquistaron al Maracaná.

«Te parecerá tonto, pero esos uruguayos del Maracaná me sirven de talismán. No siempre. Sólo recurro a ellos en situaciones difíciles. A veces recito la formación, como rezando. O me los imagino en el momento de entrar a la cancha con cara de ‘griten todo lo que quieran, que nos importa un carajo’. O lo veo a Ghiggia en el momento de meter el balón por el ojo incrédulo de la aguja de Barbosa. Si Uruguay pudo en el 50, me dije… en una de esas quién te dice. Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primera sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene».

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