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Congeladora

Hasta pronto

Es jueves y todavía no me recuperó de la tristeza que me dejó ver la despedida de Steven Gerrard de Anfield el sábado pasado, y aunque la noticia ya se sabía, sólo faltaba oficializarla, lo de Xavi me afecta más de lo que algunos conocidos míos podrían pensar: ha pasado a ser una aseveración el hecho de que los ídolos de mi generación se estén haciendo a un lado.

En contra de las pretenciosas formas de ver el futbol, yo estoy convencido que el número seis del Barcelona era un simplista con el balón y ahí radicaba su arte. Porque en lo más simple radica la belleza de este deporte, en las pequeñas cosas que concluyen en enormes proezas, y eso representaba Xavi Hernández.

Hemos escrito aquí en La Congeladora sobre un jugador que responde al nombre de Francesco Totti, ya mencioné al principio de esta nota a un inglés conocido como Steven Gerrard y podríamos incluir a Paolo Maldini, jugadores profundamente enamorados de unos colores que decidieron mostrarlo a través de la fidelidad, del compromiso.

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Xavi y Gerrard se van a Qatar y Estados Unidos respectivamente. Sin embargo, sería estúpido cuestionar su fidelidad a la camiseta que portaron con tanto orgullo.

A ambos jugadores se les catalogó como mediocampistas “muy completos”, lo eran sin duda alguna, pero de diferentes formas: Xavi ve el futbol como nadie más, de la manera más simple. Su juego es tan impresionante por su capacidad de llevar a cabo los principios que enseñan a los futbolistas profesionales y a tantos otros que nos quedamos con las ganas por nuestros dos pies izquierdos, pero que por ser tan simples, eran muy complicados. Toco y me muevo, balón pegado al pie, pase raso y sólo en pocas ocasiones – y si tienes el talento como él – filtro el balón por aire.

Su jugada más lujosa se define y se ve fácil, pero cambiaba todo un panorama ya previsto para buscar uno más simple, más eficaz. La “pelopina”, como han bautizado a esta jugada se basaba en girar sobre su eje 360 grados – y en una ocasión hasta 720 – para deslindarse de su marca, que lo perseguía de una forma cavernícola por la astucia que llega en los momentos menos esperados.

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Gerrard era diferente, tenía en sus venas el estilo inglés, el juego “todoterreno”, pero poseía las cualidades que pocos ingleses poseen: tenía un regate sencillo y efectivo, le pegaba de larga distancia como pocos, mostraba una seguridad con el balón que es imposible recordarle pases fallidos y lo más importante de todo, su liderazgo y temple en un equipo que dependía 90% de él, futbolística y anímicamente.

En su despedida se notaba las ganas que tenía de llorar, la voz se le quebraban en más de una ocasión, pero consciente de que no puede mostrar vulnerabilidad ante una afición y unos compañeros que se quedan huérfanos de un líder, se guardó las lágrimas y afirmó que el equipo seguiría adelante con una humildad de quien reconoce que la institución está antes que todo.

Xavi y Gerrard son baluartes que permanecerán en la memoria en tiempos en los que los ídolos son efímeros e hijos de yotube. Son ídolos que no sirven para la comercialización del futbol, pero sí servirán para que futuros aficionados al futbol, muy pocos, comprendan de lo que se trata.

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