Nostalgia

El hombre que consumó la utopía

Johan Cruyff dribló los paradigmas más ortodoxos del balompié como defensas rivales. Nunca se cansó de llenar de pinceladas las canchas donde jugó, dejándonos una obra inimitable digna de todos los homenajes que se le han dedicado en los últimos días.

Porque pertenezco a la generación de jóvenes que vemos hoy en día su ingenio que cristalizó en jugadas de ensueño en el Internet, me remito a las palabras del gran Jorge F. Hernández para describir el juego de quien apodaban “El flaco”:”Jugaba como quien cuaja un ensayo a varias velocidades: la urgencia por marcar al final de la página y el sosiego con el que se deletrea la media cancha. Se esfumaba con facilidad y ligereza, en el banquillo como entrenador cuando ya dejaba brillar a los demás o en la cancha como líder, donde repartía balones con el mismo fin de hacer sobresalir a sus compañeros. Fue un hálito y lo confirmó Ovejero, jugador del Atlético de Madrid, cuando dijo que lo que recordaba de Cruyff era lo bien que olía. Elegante elogio del defensa que sólo percibía el olor del vació una vez pasado el relámpago”.

Otros, como el periodista español Juan Cruz, han relacionado su juego con el realismo mágico comparándolo con Gabriel García Márquez, porque según ellos, al igual que el colombiano, el holandés “engañó a todo el mundo haciendo creer que sus inventos procedían del cielo, o de la magia, y no de la tierra”. Su imaginación es hoy herencia de un juego que carece de la espontaneidad que alguna vez le causó tantos problemas a las defensivas que se vieron obligadas a enfrentarlo.

Su rebeldía en un juego que comenzaba a dominar el conservadurismo alemán o italiano deslumbró a la generación que tuvieron la dicha de verlo jugar, pero también marcó el camino a seguir para que sus pupilos despojaran años después al futbol de los vicios que tanto criticó un hombre que veía en la utopía una filosofía de vida, Eduardo Galeano: la idea de organizarse para impedir que se juegue en vez de jugar.

Pocos han logrado brillar en el fracaso. Johan Cruyff lo hizo con su selección en 1974. El juego de la Naranja Mecánica, a pesar de la derrota, mereció más elogios que la ganadora Alemania a tal grado que las estadísticas dirán que el campeón fueron los teutones, pero en la memoria, reside el juego revolucionario de diez valientes que se dejaron influenciar por quien se inspiraba con un cigarrillo antes de cada partido y hoy vive en la imaginación de tantos otros que hemos escuchado sus características en los relatos que pronuncian los mayores con melancolía.

Los ojos se han llenado de lágrimas, la prensa de tinta que elogia el juego de Cruyff y la eternidad recibe con los brazos abiertos al hombre que consumó la utopía.

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