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Nostalgia

La ingenuidad de los perdedores

Hoy en día, pareciera, que las rachas perdedoras de los perdedores sólo despiertan un honesto interés cuando se está en víspera de ganar algo. Antes no. Antes esa racha representa una oportunidad para mofarse. La derrota – sin ser necesariamente un fracaso – no tiene valor en el ámbito deportivo. “Esta sociedad en la que vivimos no nos enseña a perder. Tampoco es que nos haya enseñado bien a ganar…”, escribió recientemente Rosa Montero en su columna de El país semanal.

Panadería Ortiz, equipo de futbol conformado por obesos y uno que otro que podría ser considerado como «rellenito» ganó un solo partido en su historia, pero fue ese triunfo el que les dio sentido para ser un cuento del escritor Jaime Muñoz Vargas, no la increíble cantidad de partidos perdidos, no el estoicismo con el que vivían la derrota. ¿Estoicismo? Sí. Cuántos equipos se han desmoronado por las traicioneras sensaciones de la victoria

Entiendo que la finalidad de un deporte en el cual está implícita la competencia, el ganar es lo más importante, lo más noticioso. ¿Pero es que no hay nada de seductor en el arte de competir, perder, volver a competir y perder otra vez?. Esa ingenua esperanza que se podría confundir con el cinismo. Tal vez.

Formé parte de un equipo que se hacía llamar Ositos Obesos y casi todas las posiciones estaban cubiertas por promesas melancólicas de jugadores que juraban haber sido lo que alguna vez fueron – si es que lo fueron – . Nuestro estilo de juego se podría definir como un adelanto a lo que Walter Benjamin afirmaba: “Todo orden no es sino una situación columpiándose al borde del abismo”. Para nosotros las victorias eran el prietito en el arroz, hicimos de la derrota una constante. Nos acostumbramos no sólo a perder sino a ser goleados. La única final que alcanzamos se debió a que ganamos dos partidos por el simple hecho de presentarnos, a diferencia de los otros equipos, que seguro poco les importaba ese cuadrangular. Perdimos esa final en penales.

Fuimos un equipo disciplinado dentro de nuestra indisciplina. Nunca dejamos de jugar algún partido, pero varios los jugamos con nueve u ocho jugadores porque la noche anterior siempre fue el rival más difícil de vencer. Y fue por eso mismo que se acabó aquella aventura, nuestra incapacidad de “acompletarnos” – verbo inventado por el futbol amateur – por las tentaciones de la víspera nocturna que tanto seducían a la mayoría. El triunfo nos pudo haber causado felicidad, pero no lo hizo porque no llegó. Desafiamos la frustración y ganamos.

“Me gustaría saber más de ellos – los perdedores – y de cómo sobrellevan esa silenciosa proeza olímpica, porque no hay ser humano que no haya conocido el sabor de la derrota y quiero aprender de su fortaleza. Ya sé que es preciosa la alegría de los ganadores, pero si los Juegos pueden enseñarnos algo es sobre todo a eso: a perder”, concluyó en su columna Rosa Montero.

El deporte es una competición que se interpreta a partir de los ganadores, pero muy pocas veces por los perdedores, personajes imprescindibles que nos muestran otra versión de la competencia, tal vez más honesta e ingenua que la insípida y gastada predicción de los ganadores.

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