Congeladora

La lesión de Horacio Casarín el día que se incendió el Parque Asturias

El 9 de febrero de 1936, Ernesto Pauler, entrenador de aquel mítico Necaxa que apodaban Los once hermanos se encontró con un problema: la lesión de su extremo izquierdo Lórez, así que decidió darle oportunidad a un niño de 16 años llamado Horacio Casarín, quien deslumbró en la cancha con su habilidad con ambas piernas y el descaro con el que enfrentó a una defensa que se dedicó a sufrir las afrentas del hermano pequeño de aquellos once, que ya eran una leyenda.

Dos temporadas después, en la 38-39, llegó un equipo nuevo a la liga conformado por puros vascos, el equipo se llamaba Euzkadi y eran la base de la selección vasca. Como era de esperarse, el equipo extranjero lideraba la Liga por encima del Asturias y el Necaxa, sus más próximos en la tabla. Al empezar la segunda vuelta del torneo, los vascos perdieron a dos jugadores clave que emigraron a Argentina: Lángara y Zubieta, y perdieron el primer partido, lo que ayudó a que se recortaran distancias con el segundo y tercer lugar.

El 29 de marzo se jugó el partido entre Asturias y Necaxa, partido fundamental para los dos si querían seguir en la lucha por el título acechando al Euzkadi, que para ese entonces ya había perdido dos juegos. Horacio Casarín llegaba como la gran figura y por lo tanto se hizo acreedor de un marcaje digno de los cracks como él, pero desmesurada, carnicera. En su libro 11 décadas del futbol mexicano, Carlos F. Ramírez registró el testimonio de Casarín sobre aquel día:

La ventaja de un punto que nos sacaban era lo que les daba el liderato de la Liga. En al primera vuelta nos habían ganado 4-1, para nosotros era vital vencer para pasarlos en el primer lugar. La gente que abarrotó ese día el Parque Asturias estaba en su mayoría con nosotros.

Nunca he creído que haya habido consigna en lo que me pasó. Es cierto que los asturianos…tenían fama de golpear, pero nunca he creído que un futbolista salga a la cancha a descontar a propósito a otro compañero de trabajo. Al meno, nunca en un futbolista normal.

Recuerdo que me colaba por la banda izquierda y Carlos Laviada me atizó un taponazo que me hizo ver estrellas. La pasión en las tribunas comenzó a calentarse cuando la gente vio que salía de la cancha. Con un masaje me pusieron en condiciones de regresar…Sentí que había entre los asturianos las ganas de desquitarse de aquel 5-1 del año anterior. Me dolía mucho la pierna pero ni modo, había que seguir. Hacia el cuarto de hora anoté un gol, poco después cuando trataba de controlar un balón en el aire, el “Negro” León me pegó un patadón en la rodilla derecha. Se suspendió el juego, la gente en las tribunas gritaba armando un escándalo infernal. Tardé en recuperarme porque realmente ese fue el golpe decisivo. Pero volví a la cancha, sobre todo porque Efraín Ruiz había anotado empatando a un gol el partido. Así que después en una jugada dura, Soto me pegó un taponazo y allí sí me acabé totalmente.

Estando en los vestidores, Horacio Casarín se echó a llorar más por el empate que habían sacado los asturianos que por la lesión que lo alejaría de las canchas durante tres años. La gente, frenética por el resultado que alejaba al Necaxa del título comenzó a prender fogatas y los tablones de madera del estadio se fueron consumiendo junto con el campeonísimo Necaxa.

En una entrevista con el historiador Carlos Calderón Cardoso, me dijo que al acercarse al club para pedir ayudar, Casarín recibió una negativa rotunda: “Había un doctor argentino que decía que en Argentina, ese tipo de lesiones de rodilla era cosa de todos los días y que si se comprometía a pagarle el boleto a Argentina, se comprometía a operarlo gratis. Le pidió el dinero al club Necaxa y no le dieron ningún centavo. Entonces, aquí un médico mexicano, que jamás había hecho ese tipo de operaciones se animó a operarlo y salió bien afortunadamente.”

Con una gran nobleza, Horacio Casarín aseguró no guardar rencor a nadie por lo sucedido. Con el tiempo se recuperó y llegó a ser uno de los futbolistas más importantes de la historia en México, se forjó como ídolo necaxista que inició como el más pequeño de los once hermanos y quedó en la memoria de los defensas que lo enfrentaron como el terror de la banda izquierda.

 

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