Congeladora

Lo que pudo ser (II)

El segundo acto que no fue es el gol fallado por Pelé contra Uruguay en México 70 después de una jugada sin precedentes, un duelo contra las leyes de la cotidianidad. Sobre aquella jugada, Sérgio Rodrígues, escritor y periodista brasileño hace un relato y reflexión en su libro El regate digna de transcribirse aquí:

“Tomado por sorpresa como todos nosotros, el pobre Mazurka ve que la pelota pasa a su izquierda y que corta como un cuchillo el filete derecho del área grande, mientras Pelé es un flash auriceleste que destella hacia el lado opuesto. En la pantalla el portero uruguayo le da la espalda a la pelota, tiene una rodilla en el suelo y el cuello torcido a la derecha, mirando al delantero que se va, como si hubiera pasado un ventarrón. Y a la izquierda del cuadro, muy lejos de la pelota, ya dentro del área grande y más borroneado que nunca, Pelé comienza a modular los pies para cambiar el rumbo.

Lo que Pelé tiene que hacer ahora es bien facilito, regalado, ¿O no?, el viejo abre una sonrisa en la que se ve con nitidez la sombra de la calavera en la que pronto se convertirá. Tiene que frenar para corregir radicalmente su ángulo de desplazamiento, frenar y en el mismo instante recomenzar la carrera en la dirección contraria, ahora detrás de la pelota, él que venía al tropel más desbocado fingiendo ignorarla. Se acabó el reinado de la idea pura, demasiado sublime para durar en el tiempo, el mundo material se impone otra vez con su masa, su aceleración, las leyes de la física al completo. Tiene que dar un giro de noventa grados y no perder velocidad, porque, fíjate, tiene que alcanzar la pelota antes que los adversarios y encima con un buen ángulo de disparo.

Murilo suelta la imagen, Pelé consigue hacer las dos cosas, qué maravilla, la congela de nuevo. Va a chutar y a anotar, todos prevemos eso, el estadio de pie con sus pulmones que en ese momento podrían ser de todos de piedra, dice adornándose un poquito, porque no inspiran ni espiran: va a chutar y a hacer el gol. Pero no es tan simple porque ahora Pelé está del lado equivocado de la pelota, medio de espaldas a la portería, tiene que pegarle en un movimiento de medio giro. Y entonces, Dios mío, falla. Pelé falla el gol que no podía dejar de fallar, pensándolo bien, para que el mito se consumara….lo que pasó aquí, Neto, fue simple: Pelé desafió a Dios y perdió. Imagínate que no hubiera perdido. Si no hubiera perdido, la humanidad nunca más habría dormido tranquila. Pelé desafío a Dios y perdió, pero qué desafío soberbio”.

Ese momento fue la apoteosis de la improvisación en el futbol. La jugada rompió todos los límites posibles, fue el ejemplo, su más grande legado para que los jugadores se atrevieran ocasionalmente a no realizar lo que se esperaba de ellos. Lástima que eso se está extinguiendo, principalmente en el futbol brasileño, otrora representante de una magia que ahora solamente se puede ver en videos de Youtube, editados por las marcas deportivas con la intención de vender el último modelo de tachones.

Recuerdo que mi hermano pequeño me decía que a él le causaba más satisfacción poner una pelota en el poste que meter un gol. Todavía. Valora más el sentimiento del fallo por tres centímetros que la satisfacción de anotar un gol para su equipo. A nivel mundial, siempre se ha idolatrado a jugadores fantásticos que no culminaron su carrera en el punto más alto, sino todo lo contrario. Pero son los destellos que dejan como intenciones de querer pasar a la historia que nos hacen venerarlos. Veneramos lo que pudo ser y no fue, tal vez porque de haber concluido de otra forma el mito nunca se hubiera consumado, como la jugada de Pelé.

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