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No es una buena noticia el retiro de Justino Compeán

Después de nueve años de una lucrativa etapa como Presidente de la Federación Mexicana de Futbol, Justino Compeán se retiró el pasado martes del puesto que fungió orgullosamente sin saber – como él lo dijo cuando México cayó eliminado de la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 – de futbol.

Orgullosamente hombre de negocios y no de futbol, Justino Compeán llenó las arcas de la Federación de dólares, dos generaciones de Selecciones Sub-17 ganaron dos mundiales – uno de ellos en México – y la Sub-23 conquistó una medalla olímpica ante Brasil, mientras que la Selección mayor se dedicó a venderse como un producto sobrevalorado, que acabó entregando las mismas cuentas de siempre, las mismas desilusiones a causa de un manejo deportivo muchas veces improvisado y sin sustento alguno si nos basamos en que su mejor preparación eran partidos con una finalidad meramente lucrativa.

Durante su gestión, la Selección disputó dos Mundiales y para ello pasó por dos turbulentas clasificaciones en las que la solución, al puro estilo mexicano, fue la destitución de técnicos y contratación de otros en búsqueda de sacar a flote un equipo carente de capacidad para llevar a cabo procesos de por lo menos cuatro años. En su primer proceso mundialista desfilaron tres técnicos: Hugo Sánchez, recordado por el fracaso del Preolímpico, Sven-Goran Erikkson, un experimento europeo que pasó a ser historia por su falta de conocimiento de los rivales de Concacaf y Javier Aguirre, héroe en dos ocasiones que llevó a México a dos Copas del Mundo después de que se viera en peligro la clasificación, pero que no pudo pasar al quinto partido por dos inexplicables y frustrantes derrotas, uno contra Estados Unidos en el 2002 y contra Argentina en tierras sudafricanas, donde por alguna razón – o por lo menos se entendería mejor si se argumentara como un vudú hipnotizador – decidió alinear a Adolfo Bautista como titular por el susto que alguna vez éste le propinara a Boca Juniors jugando para Chivas en la Copa Libertadores.

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En su segundo proceso mundialista se pensaba que sería diferente, sobre todo por las buenas actuaciones y resultados que había obtenido la Selección a cargo de José Manuel de la Torre. Sin embargo, tras el comienzo del hexagonal, esa competencia surrealista en la cual México, el gigante de la Concacaf, no puede posicionarse como una realidad, el Chepo fue sustituido y su asistente y ganador de la medalla olímpica, Luis Fernando Tena lo sustituyó improvisadamente en un partido que estaba perdido antes de que se jugara. Después vino Víctor Manuel Vucetich y tras dos juegos – uno ganado y uno perdido – fue despedido por los minutos en los que México estuvo fuera del Mundial mientras se perdía contra Costa Rica. Fue finalmente el Piojo quien en el repechaje contra un equipo de futbol tercermundista nos clasificó al Mundial, dio pelea, sorprendió con un sistema que parecía no estar adecuado para competir internacionalmente y perdió de la forma más mexicana posible. #NoEraPenal.

No comulgo con las ideas que argumentan que el trabajo de Justino fue bueno o decente. El ganar dinero no significa gran cosa si futbolísticamente, México sigue estancado en un pantano de mediocridad como consecuencia de malas decisiones deportivas de un Presidente que aceptaba no saber sobre el tema. Me parece francamente deplorable.

Las causas del por qué son muy obvias, Justino se debía a las televisoras que controlan al futbol mexicano y vaya que con ellos cumplió de una manera notable. Priorizó los dólares antes que lo deportivo, vendió un producto que ya no es de la afición ni de los jugadores, despojó al Tricolor de su país natal para posicionarlo en un país que lo subsidió en base a la melancolía de los migrantes mexicanos, brindándoles un producto basura por un precio altísimo.

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La noticia de su partida no es una buena noticia si su sucesor es quien ha sido su mano derecha, su compadre, otro hombre de negocios que convincentemente semana a semana exhibe su ignorancia y desidia por mejorar el futbol en este país a través de la una liga cada vez menos apreciada por sus averías deportivas y administrativas. Su partida no me deja tranquilo, no nos debería dejar tranquilos a nadie. Justino Compeán no deja solamente un legado de títulos juveniles irrefutables, sino que también deja el cáncer que él crió en Decio de María, otro hombre de negocios que no sabe nada de futbol.

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