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Totti, un digno personaje de Hemingway

Francesco Totti pertenece a una estirpe de jugadores en peligro de extinción, a la camada que marcó época, que enamoraron a toda una generación haciendo del amor a la camiseta su mejor mercadotecnia.

Como gladiador, Totti es esclavo de su propio cariño hacia la Roma, no habría sobrevivido tantas batallas en otra arena. 10 tornillos, placas en las rodillas y en las piernas son las heridas que hacen del italiano un digno personaje de Ernest Hemingway.

Cuando era niño, recibí de mi hermano mayor – aficionado a la Roma, por cierto – un regalo importado desde Italia: una playera de Francesco acompañado de unos shorts que me dieron pena utilizar porque me hacían parecer jugador de los 70s. Heredé la admiración hacia Totti de mi hermano, a quien agradezco por su buen gusto – en algunos casos – . Con el tiempo, el equipo de la Roma se hizo una especie de tragedia griega para mi, conformada por jugadores que yo veía como Dioses y que navegaban en lo que hoy podríamos denominar: mediocridad.

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Nunca me había percatado, hasta que empecé a redactar estos párrafos, que la Roma junto con el Necaxa me formaron como un aficionado idealista, destinando mis esperanzas hacia la debilidad como posible vencedor de la fortaleza que significaban otros equipos.

El Real Madrid pretendió a Totti por muchos años y Totti declinó las ofertas por el conocimiento de quien sabe que llegar a ser un galáctico puede significar el fin de una carrera, ponerse en riego de convertirse en un fraude a partir de ser adorado de la forma más superficial que existe.

Esta es precisamente la razón principal de mi admiración hacia un jugador así, quien creo que pasará a ser un ídolo educador de las generaciones futuras, un fomentador de la importancia del amor hacia una camiseta, un ejemplo perfecto para explicar a quienes no comprenden porque es posible volverse un fiel devoto de la ingenua esperanza.

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Enric González escribió en 2005 en el diario el país un texto sobre el “Cucchiaio”, una de esas proezas absurdas que hacen más grandes a los grandes:

Era el 29 de junio de 2000 y la semifinal Italia-Holanda del Europeo acababa de terminar en empate. Se jugaba en Holanda y los italianos, encerrados en el círculo central, hablaban de quién tiraba los penaltis. Di Biagio fue el primero en reconocer que la cosa imponía. “Francesco, yo tengo miedo”, dijo. Y Francesco Totti, en su romanesco cerrado: “A quién se lo dices. ¿Has visto lo grande que es aquél?”, resopló, señalando al portero Van der Saar. Di Biagio: “Pues sí que me animas”. Entonces llegó la frase inmortal: “Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio”. O sea, “no te preocupes, yo le hago la cuchara”.

El gran jefe Maldini tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. “¿Pero estás loco? Estamos en una semifinal del Europeo”. Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: “Sí, sí, le hago la cuchara”.

Er cucchiaio“, “la cuchara”, es la marca de fábrica del mejor futbolista italiano. Un toque suave, por debajo del balón, que eleva la trayectoria unos metros y luego la deposita en el suelo, dentro de la portería. Una de esas jugadas caprichosas que pueden hacerse cuando se gana por mucho y queda muy poco partido. Una burla amable al contrario y un guiño al público. Una broma, algo que no se hace en el momento más crucial del año. Lo que pasa es que Totti es Totti. El capitán del Roma tendría poco de qué hablar con Einstein, pero la inconsciencia le da a su juego el toque de locura y genio de los grandes idiotas del fútbol: Totti forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne, Cassano. Con la ventaja de no ser cojo, ni alcohólico, ni paranoico.

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Tengo 23 años de edad, Totti 22 años en la cancha, con la misma camiseta, agrandando su leyenda, demostrando la humildad de quien no ha perdido la noción de los valores que se adoptan jugando en la calle, en la escuela, con un balón inventado, improvisado con una lata de refresco y festejando el más intrascendente de los goles como si fuese el causante del triunfo de un Mundial.

La grandeza de Francesco Totti proviene de la entereza con la que se mantiene después de las adversidades que se derivan por los pocos títulos obtenidos, de las tentaciones millonarias que alguna vez lo rodearon, de sus regresos después de lesiones que mandaron a la lona a tantos otros jugadores, de su talento, de su disparo de larga distancia, de la clase con la que cucharea la pelota, de su inteligencia que le dicta cuando cucharear y cuando utilizar la potencia, de la capacidad de dar un pase imposible cuando nadie se lo espera, de la forma en la que su amor hacia su equipo y el futbol te hace enamorarte un poco más de este deporte.

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Miguel Lapuente
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