Las locuras de los jugadores argentinos por la selección

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El kiosquero puede dar mal el vuelto y pedir perdón para volver a entregar la suma correcta. El panadero puede poner unos gramos menos de pan en la bolsa y no completar el kilo para luego disculparse y repetir la acción de manera correcta. El ferretero puede cortar mal el metro de cable para después decir lo siento y volver a hacerlo. Pero ellos no pueden equivocarse. Messi no puede errar un penal, Banega no puede fallar un pase en zona defensiva y Di María no puede malograr un mano a mano por arriba del travesaño. Ellos no. Porque si lo hacen, si llegan a cometer la brutal locura de llevar a cabo un error humano serán “muertos”, “malos”, “cagones”, “tibios” o “perdedores”. Porque ¿Cómo va a cometer un futbolista un error humano? ¿Cómo lo podríamos permitir?

Todas las personas pueden tener un mal día en su trabajo. Pero para los jugadores no hay perdón que se les admita luego de un fallo. No como al kiosquero, al panadero o al ferretero. Y no hay excusas señores. No interesa lo que les pasó a ellos antes de que saltaran a la cancha. No importa. Deben rendir siempre al tope, sea cual sea la competición, el día del año o la hora. Siempre al máximo. De lo contrario, la gente los insultará en la calle, las paredes de la ciudad se teñirán de insultos en su contra, la prensa los castigará toda la semana y sus familias serán escrachadas en la vía pública.

Pero no es así. No es justo. Tanto Messi como el resto de sus compañeros tienen todo el derecho a tener un mal día. A fallar. Son humanos. A quienes no les guste, pueden organizar una competición de robots, pero esto es fútbol y lo juegan personas. Ellos lo dejan todo. Esta camada de futbolistas argentinos se desvive por conseguir un título con la selección mayor. Dan siempre todo, en cualquier lugar, al máximo por el celeste y el blanco.

Quienes no lo crean, miren a Messi y pregúntense por qué se da una vuelta al mundo desde Barcelona, pasando por Buenos Aires, Rosario, San Juan, volviendo a la ciudad española para después ir a recorrer todo Estados Unidos. Está enfermo por los colores. Cambia todo lo que tiene por un Mundial y se le parte el alma cuando no gana con su selección. Que Messi, lesionado, recorra más de 35 mil kilómetros en apenas 10 días para jugar con su seleccionado da la pauta del amor que siente este pibe por esos colores. Quienes insistan, sigan de cerca a Di María, que con tal de jugar un partido más de una simple fase de grupos a horas de la muerte de su abuela es capaz de no contarle nada al entrenador. El tipo prefiere masticar el duelo y jugar al otro día representando a su selección cuando podría alegar un problema personal y abandonar la concentración. Y para quienes aún les queden dudas, consúltenle a Banega qué se siente ser padre a miles de kilómetros de su esposa y conocer a su hija por fotos. Ahí, esa. La que está al lado de su mujer es su hija señor Banega. Allá, lejos, a miles de kilómetros de distancia. Seguramente la vea en unos cuantos días, ya crecida y más madura. Estos pibes están enfermos, tienen hambre de gloria y no abandonan su sueño por nada.

Ahora pregúntense cuántos de ustedes seguirían yendo al trabajo mañana si hoy dieron la vuelta al mundo, si se les murió un familiar cercano hace apenas algunas horas o si acaba de nacer su hija. Ellos no. Estos pibes, que son los primeros a los que señalan, a los que acusan, a los que critican, no. Van a seguir. Pese a todo y contra todo, estos pibes están enfermos. Estos pibes tienen hambre. Estos pibes ya ganaron. No hace falta una medalla de campeón o un título. Ganar es otra cosa. El compromiso, el trabajo en equipo y la solidaridad puertas adentro que manifiesta este equipo es algo inusual. Pero más increíble aún es su pasión. Los jugadores argentinos están locos por la selección. Se les desencaja el corazón cuando se visten de celeste y blanco. Están perdidos. No los critiquen más, no los insulten más, no los puteen más. Son así. No hay vuelta atrás. Estos tipos ya ganaron. Con esa locura solo se puede ganar.

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