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Yo no entiendo nada

En 1995, cuando Éric Cantona le propinó una patada voladora a un aficionado del Crystal Palace, uno de sus protectores, el escritor Javier Marías, escribió para el diario El País que si el mismo acto lo hubiéramos visto representado en el cine, no hubiéramos dudado en defender la reacción del francés y probablemente la hubiéramos aplaudido. El autor de Corazón tan blanco se pregunta: “por qué no sabemos interpretar la vida con la misma nitidez, con la misma ecuanimidad que una película o una novela”. Y asegura que: “Más nos valdría verla así siempre, como una representación ficticia, fiándonos sobre todo de nuestro instinto de espectadores o lectores que falla mucho menos que nuestro discernimiento de ciudadanos”.

Las distintas interpretaciones sobre lo que pasó en el partido de vuelta de Octavos de final de Champions League entre el Barcelona y el PSG son la comprobación de que la objetividad, si es que existe, en los tiempos modernos del futbol, está, sin duda, sobrevalorada. He identificado sobre la mucha información que se ha difundido, tres interpretaciones del partido.

La primera resalta el logro deportivo del Barcelona – que sin duda lo es – y cataloga a Neymar como el héroe de la noche – que para mí, lo fue – . La segunda aborda la inexplicable actitud temerosa del PSG o simplemente, la falta de actitud. La tercera – una muy popular estos días – se ha encargado de responsabilizar a los errores arbitrales como el factor determinante para que el Barcelona ganara y el PSG perdiera.

Sin duda, las interpretaciones dependen de la relación que se tenga con los equipos. Este deporte acata la sustitución de la razón por los sentimientos y por eso mismo estoy convencido que todo alrededor de él, es subjetivo, a pesar de tantos intentos y pretensiones de periodistas por mostrar lo contrario, con la excepción de algunos franceses, precisamente de L’Equipe, quienes atinaron a calificar el partido en su portada como: “Incalificable”.

Nuestro instinto de espectadores está dañado por el intento de tratar de encontrarle a todo una razón de ser, como si el futbol se pudiera analizar como una ciencia exacta. Antes de que se anotara el sexto gol del Barcelona, le insistía a alguien con quien me mensajeaba que Luis Enrique debió de haber metido al campo a Jordi Alba para abrir la cancha, no a Sergi Roberto a volantear como un interior por izquierda. Al final de cuentas, el equipo catalán ganó con un gol de Sergi Roberto, en el que nada influyó su posición en el campo. Mis palabras quedaron en el olvido, sin embargo, si no hubieran logrado la hazaña, probablemente hubiera tenido el mal gusto de señalar lo mismo en varias conversaciones.

Muchos han aseverado que ese partido es el ejemplo perfecto para explicar por qué amamos el futbol. Yo no comparto esa opinión. Cada semana vemos una cantidad inmensa de partidos que no nos brindan lo que vimos el Miércoles, y ahí estamos, otra vez. Los 90 minutos de un partido son efímeros y todos duran lo mismo, la diferencia entre cada uno es el alcance que tengan en la posteridad, y el del Barça frente al PSG luce infinito. De lo único que estoy seguro es que de futbol no entiendo nada y para mí, ese sí es el ejemplo perfecto para explicar por qué amo a este deporte.

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