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You´ll never walk alone, Klopp

“Cuando llegué al Dortmund, dije: si 80 mil personas vienen cada dos semanas al estadio y en el campo se juega un futbol aburrido, una de las dos partes, el equipo o los fans, tendrán que buscarse un nuevo estadio”. Ese es Klopp, un entrenador con una filosofía ofensiva, pero sin caer en la aburrida demagogia de tantos otros. Un periodista español de nombre Cayetano Ros que escribe para El País alguna vez lo describió como un “genio de la retórica” por su discurso congénito que se adecúa a la perfección con el juego soez – pero no vulgar – que llevan a cabo sus equipos, sus pupilos, muchos de ellos otrora insignificantes para el mundo del futbol y hoy estrellas internacionales, responsables de récords nunca antes vistos en una liga proveniente de un futbol tan cuadrado como el alemán.

Y porque ganar no es suficiente, Jürgen necesita algo más, algo que nos remite a un sentimiento de la niñez, en el que la adrenalina causada por el juego nos hacía sentir – perdonen la redundancia – ganadores por lo menos de una experiencia que había valido la pena por la adversidad representada: “No me interesaría tener a Xavi, Messi y Cristiano en el mismo equipo…Ser mejor de todas todas (sic) es como si me pongo a jugar al tenis contra una niña de tres años y estoy al otro lado y remato con fuerza y la niña está ahí de pie con la raqueta…no es divertido. Pero si al otro lado hay un hombre y jugamos al ping-pong, si gano está bien y si no gano probablemente me haya divertido. Para los aficionados es como una droga. Yo no sólo quiero ganar, ¡también quiero sentir!”.

El Liverpool, no me queda ninguna duda, es junto con el Manchester United el segundo equipo más importante en Inglaterra, aunque las estadísticas más recientes digan lo contrario. Su último título de liga fue en la 89-90 y en todo este tiempo han visto como su archirival los supera en campeonatos. Conforme fueron perdiendo protagonismo en la Barclays, perdieron protagonismo en Europa, aunque ahí se vio un último suspiro de grandeza en la era de Rafa Benítez con la épica remontada al Milán, cuando se consolidaron por algunas temporadas como un equipo copero. Tuvieron en la 13-14 el título en sus manos con un grandioso Luis Suárez, pero lo dejaron ir – Al título y a Luis Suárez – .

Con todas las estadísticas en su contra y sin Gerrard, el jugador que identificaba a las gradas de Anfield con el equipo, llega Klopp, el entrenador que siete años atrás llegaba a un Dortmund en quiebra y sin identidad, incapaz de comprar estrellas, pero sí proyectos de futbolistas que hoy en día meten cinco goles por partido y algunos son Campeones del Mundo.

La diferencia, está claro, es el aspecto económico. El Liverpool – como la mayoría de los equipos ingleses por el nuevo acuerdo de sus derechos de transmisión – ha recobrado poderío económico, pero no futbolístico. Su estilo está perdido dentro del arcaico futbol inglés, que se sigue justificando en su competitividad para no reinventarse mientras sigue cosechando fracasos con su selección.

Dentro de estas circunstancias, quién mejor que Klopp para tomar este proyecto que no logró apuntalar Brendan Rodgers, un gran técnico que sin embargo, poco a poco fue perdiendo mérito para seguir en el banquillo “red”. El alemán se enfrenta ante un reto gigantesco que servirá para reafirmar su calidad: hacer del Liverpool un equipo protagonista en la Barclays y en Champions para sanar las humillaciones sufridas estos últimos años, para borrar de la memoria de los aficionados la imagen de los rivales levantando trofeos, y también, ¿por qué no? Poner su granito de arena para reinventar el futbol inglés. Si lo logra, Klopp nunca caminará solo.

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