La desidia como método de solución

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La violencia en el futbol mexicano se aprecia como una constante, de fenómeno aislado ha pasado a ser un invitado puntual del torneo. Su presencia se ha multiplicado por la impunidad que goza, la mala organización y sobre todo, por la desidia que muestran los directivos cuando se trata de erradicarle.

Los actos de violencia que se suscitaron el pasado fin de semana en Torreón, Monterrey y Tapachula, han sido señalados por la Federación como reprobables y se ha responsabilizado a “inadaptados” que no comprenden que el futbol es diversión.

En su libro Fiebre en las gradas, Nick Hornby reflexiona sobre la tragedia de Heysel: “Yo prefiero pensar que tengo a la mano toda clase de respuestas acerca de casi todas las irracionalidades que tienen que ver con el futbol. Sé que ésta desafía toda explicación”.

El futbol tiene mucho de irracionalidad, para los ateos de este deportes es incomprensible que el estado de ánimo de una persona durante el fin de semana dependa del resultado de su equipo, que se muestre una devoción hacia un equipo por cosas tan banales como los colores de una playera y un escudo pegado al pecho. Sin embargo, todas estas causas tienen una explicación, por más surrealistas e incomprensibles que sean, pero pelear a golpes, agredir a personas lanzando basureros, apuñalarlos, apedrearlos, dispararles, es simplemente una reverenda estupidez, indigna de una justificación como: “es que somos muy apasionados”. La pasión no se mide a golpes.

Desde el 2013, el escritor Guillermo Sheridan abordó el tema del famoso grito que corea al unísono la afición cuando un portero despeja un saque de meta. En uno de los párrafos de su texto escribió: “Todo estadio establece un orden social alternativo (o un desorden, lo que ocurra primero) y todo encuentro abre un paréntesis de lenidad ética: durante noventa minutos la multitud se arroga el derecho y hasta la obligación de cebar sus frustraciones en la imagen del otro, el diferente. Masa es poder, claro, pero en el estadio es un poder absoluto, más que en la plaza pública, pues sus recompensas o agravios son comprobables e inmediatos”.

Sobre este tema, lo fácil sería concluir que es un problema cultural que no representa a la mayoría de los aficionados, sin tomar en cuenta que una minoría puede causar una desgracia en la que se vea afectada la mayoría. La Federación y directivos de los equipos pueden seguir catalogando a estos criminales como desadaptados sin atacar el problema de fondo, que es el financiamiento, el fomento a las barras, algunas con el descaro de mostrar su estúpida filosofía con lemas que los exhiben como personas no pensantes : Monterrey, ladrón de mi cerebro.

La cultura de la barra no tiene su origen en México, ha sido plantada para crear un supuesto mejor ambiente en el estadio, para que en las transmisiones de televisión se escuche el apoyo con cánticos copiados de Sudamérica. Cuando los hooligans aterrorizaban a Europa, en México se inventaba la ola, un trabajo en conjunto por parte de los aficionados para ambientar el recinto. Pero se le ha permitido a este virus tomar fuerza, se la ha fomentado, no se han tomado en serio los precedentes, que son muchos, y el precio a pagar puede ser muy grande. ¿Para cuándo, señores que controlan el futbol mexicano, se implementarán las medidas necesarias para erradicar este problema? Margaret Thatcher en Inglaterra nos ejemplificó el cómo, teniendo ellos entre manos un problema mucho mayor.

Basta de declaraciones que menosprecian el problema, basta de que la desidia sea el método de solución inexistente de esta problemática que no hace mas que empeorar.

El estadio de Santos, desde que jugaban en el Corona se denomina como “La casa del dolor ajeno”, refiriéndose a lo mucho que sufren los equipos que lo visitan. Ese dolor es cada vez menos ajeno y cada vez más generalizado.

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