in

A Umberto Eco no le gustaba el futbol

La irrealidad cotidiana

Por: Umberto Eco

Diré más. En el intento de sentirme como los otros (igual a un pequeño homosexual aterrorizado que se repite obsesivamente que le deben gustar las mujeres), rogué muchas veces a mi padre, hincha ecuánime pero constante, que me llevara con él a los partidos. Y un día, mientras miraba con indiferencia los insensatos movimientos que hacían allá abajo en el campo, sentí algo así como si el sol meridiano estuviera envolviendo con una luz radiante a hombres y cosas, y como si ante mis ojos se estuviera desarrollando una función cósmica sin sentido. Era eso que más tarde, leyendo a Ottiero Ottieri, descubriría como el sentimiento de la irrealidad cotidiana, pero en ese entonces tenía sólo trece años y lo traduje a mi manera: por primera vez dudé de la existencia de Dios y concluí que el mundo era una invención sin sentido.

Asustado, en cuanto salí del estadio, fui a confesarme con un sabio capuchino, el cual me dijo que la mía era una idea bastante rara, ya que en Dios habían creído tranquilamente personas tan dignas de confianza como Dante, Newton, Manzoni, Gioberti y Fantappié. Confundido por este consenso de la gente, postergué por casi diez años mi crisis religiosa —pero bueno, lo que quiero expresar es de qué manera el futbol ha estado desde siempre relacionado, para mí, con la falta de sentido y con la vanidad de todo, y al hecho de que el Ser no pueda ser (o no ser) otra cosa distinta a un hueco—. Tal vez por esto —y creo ser el único entre los vivos que piensa así— he asociado siempre el juego del futbol con las filosofías negativas.

Ahora, sin embargo, debo admitir que no es que yo esté en contra de la pasión por el futbol. Más aún, la apruebo y la considero providencial. Esos montones de aficionados aniquilados por infarto en las tribunas; esos árbitros que pagan un domingo de celebridad exponiéndose a graves injurias contra sus personas; esos pasajeros que siguieron a su equipo y descienden sangrando de los autobuses, heridos por fragmentos de vidrios hechos añicos a pedradas; esos jovencitos que celebran borrachos y corren por las calles desplegando al aire las banderas desde las ventanillas de sus Fiat quinientos repletos de gente, hasta que se estrellan contra un camión de carga; esos atletas destrozados psíquicamente por lacerantes abstinencias sexuales; esas familias en quiebra de tanto ceder ante las insanas pretensiones de los revendedores; esos entusiastas a los que les estalla en la cara el petardo con que iban a celebrar y quedan ciegos… Todos éstos me llenan el corazón de una inmensa alegría.

What do you think?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

GIPHY App Key not set. Please check settings

¿Cuánto ingresan los equipos de la Liga MX por derechos de televisión?

Carlos Calderón: la memoria del futbol mexicano