El entrenador que no conocía los límites

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La última vez que vi a Marcos ya no era mi entrenador; dirigía a diecisiete jugadores malísimos y a dos que sobresalían por sus buenas maneras con el balón, que por cierto ya lo conocían, no era la primera vez que jugaban bajo las órdenes de aquel general. Era un partido disputado en el estadio municipal de mi pueblo y el equipo de Marcos perdía por goleada, nueve de sus once jugadores estaban aterrorizados por ser la primera vez que jugaban en una cancha con dos porterías compuestas por tubos y no por piedras, o alguna prenda prescindible a la hora de echar las retitas con los cuates. A uno de sus dos jugadores que tenía noción del juego lo habilitó como defensa central, y por él solamente les anotaron ocho goles en el primer tiempo y no dieciséis. Al otro le asignó la misión imposible del ataque y logró poner un balón en el travesaño: una proeza si consideramos las circunstancias de aquel juego.

Comencé a entrenar con él a una edad que no recuerdo, era muy pequeño. Lo único que recuerdo era que quería ser portero y que los trajes psicodélicos de Jorge Campos eran un atuendo obligatorio para ir a entrenar y para no ir a entrenar. Si los podía usar de pijama lo hacía, el problema era que mi mamá casi siempre se daba cuenta. Iba a los entrenamientos a acompañar a mis hermanos mayores y me dejaban jugar o creer que jugaba, no lo sé, pero hubo una ocasión en la que sí participé en una actividad como todos los demás: Marcos ordenó que todos alinearan su balón afuera de un área imaginaria para hacer algunos disparos a la portería. Atrás de la portería había una pared de dos metros que marginaba a unos cerdos que vivían en aquellos terrenos que pretendían ser un centro de entrenamiento deportivo – además de un seminario – , por lo que les advirtió que aquél que volara el balón daría diez vueltas a la cancha cuando terminara el entrenamiento, y a la advertencia agregó: “y me vale madre si llegan sus mamás por ustedes”. No hubo nada de extraño en aquella actividad: se anotaron tres goles y se volaron dos balones – los responsables sí dieron las diez vueltas y uno de ellos por quejarse tuvo que hacer veinte lagartijas – . Sin embargo, para la segunda ronda las reglas cambiaron, ahora todos dispararían a puerta al mismo tiempo, era una prueba para los porteros. Yo iba a ser el último y digamos que mis manos sudaban sin la ayuda de los guantes, que ahora recuerdo húmedos y pesados. Cuando llegó mi turno sólo escuché el ruido del silbato dando la señal, y de pronto, un balonazo en la cara, el dolor en la nariz y una lucha interna para no llorar. Marcos me vio y me dijo: “sólo es tantita sangre, allá está la llave, ve y lávate”.

Pasó el tiempo y mis hermanos dejaron de entrenar con él y por consecuencia yo también. Dejé de ser portero para convertirme en un contención que a la larga se haría defensa central, me alisté con algunos equipos y nos llegamos a enfrentar contra Marcos, pronto se convirtieron esos encuentros en una rivalidad – que ahora aprecio como unilateral por la inmadurez que tenía – retadora. Me llamaba mucho la atención el estrés con el que jugaban muchos de los dirigidos por él, no lo había notado hasta que me enfrenté a ellos, pero eso sí, siempre había un crack en su equipo: un portero imbatible, un defensa impenetrable, un mediocampista todoterreno con siete pulmones o un delantero de cinco goles por partido. A alguien lograba llevarlo a su mejor nivel, siempre.

En mi tercer año de secundaria, el último en que representaría a mi escuela en los torneos de futbol, Marcos fue contratado para entrenarnos. En el primer entrenamiento recuerdo que nos saludamos como dos desconocidos, como si no hubiera un pasado entre nosotros, probablemente yo era el único que recordaba aquel incidente de los balonazos. Sin ningún preámbulo nos ordenó que comenzáramos a correr a lo largo de un terreno entre pinos y pendientes que hicieron a varios resbalarse. Pasaron las dos horas del entrenamiento y nunca nos dijo que dejáramos de correr, recuerdo a un compañero que no estaba en su mejor forma, recargado en un árbol vomitando, pálido y mirándonos con miedo, sus ojos trataban de decir que él no podría aguantar eso en el futuro. Marcos se despidió diciendo: “así va a ser todo el mes, cabrones”.

Después del primer mes comenzamos a entrenar en la misma cancha donde lo conocí, sólo que ahora sólo había una portería y la mayor parte del terreno estaba cubierto de pastizal; los cerdos seguían viviendo donde mismo, y a todo esto se le sumaban vacas que pasaban corriendo, muchas veces persiguiéndonos – cuando Marcos no nos avisaba a propósito que ya venían en camino – , a las 5:45 de la tarde. Después de una preparación muy intensa, nos fuimos a jugar los intercolegiales a Guadalajara, teníamos buenas individualidades pero no un buen equipo, aún así teníamos fe en salir campeones. Aquellos torneos duraban dos días, por lo que en un día podías jugar hasta cuatro partidos si es que avanzabas, y al día siguiente se jugaba la Final. Ganamos el primer partido goleando 8-0, pero en el segundo teníamos que jugar contra uno de los equipos más fuertes y sólo teníamos veinte minutos de descanso entre juego y juego. A la mitad de la parte complementaria del segundo partido me comencé a acalambrar, Marcos no me sacó, me echó el spray mágico y anoté el gol del empate: 2-2 acabó ese juego. Volvimos a golear en el tercer partido al equipo local del torneo, pero los estragos que nos había causado el no tener tiempo de descanso nos partió la madre.

Llegamos a la Semifinal contra otro de los equipos más fuertes. El partido comenzó muy apretado en media cancha y no nos hicimos daño en los primeros veinte minutos del primer tiempo, hasta que un despeje de la defensa sobrevoló a nuestros contenciones y el delantero rival y yo nos vimos en la necesidad de enfrentarnos por el balón, yo lo quería despejar a como diera lugar, era el último hombre, él quería anotar. Aquella jugada resultó en un choque en el que yo me lastimé la rodilla, recuerdo no poder pararme y sentir palpitaciones en la rótula. Marcos entró, me echó spray, estaba necio en que yo debía seguir jugando a pesar de que le decía que no aguantaba el dolor. Jugué – un mes después regresaría a Guadalajara, pero esta vez a operarme los meniscos y el ligamento cruzado. Nunca supe si se rompieron a la hora de la jugada o por seguir jugando – . Mi intención no es presumir o jactarme de gloria, pero nuestro primer gol vino de un pase mío de cuarenta metros – recuerdo que ese mismo pase me hizo cojear aún más – . Pronto nos duró la alegría, el equipo rival hizo cambios ofensivos y nosotros no pudimos contener sus constantes embestidas. Perdimos 2-1. El dolor de la rodilla me ayudó a no pensar y por lo tanto a no entristecerme por la derrota. Me quedé tirado en la cancha y Marcos llegó, me puso una mano en el hombro y dijo: “Venga, que esto es para hombres.”

Fui un jugador limitado y siempre pensé ser mejor de lo que era, pero hasta mis críticos más agudos me han dicho que ese torneo fue el momento más alto de mi carrera amateur como futbolista, algo que tal vez no me dirían si Marcos me hubiera sacado del partido.

Mientras veía aquel equipo dirigido por Marcos ser goleado desde la grada, no podía dejar de pensar en qué se podrían convertir esos jugadores espantados, qué les depararía el futuro bajo las órdenes de Marcos. Me mudé y perdí toda la comunicación con él; supe con el tiempo que el equipo otrora goleado entrenaba martes y jueves: “Sí, seguimos entrenando, ya ganamos un partido, pero hay una mala noticia, cabrón… el pedo es que Marcos está mal, la otra vez lo cachamos vomitando, venía del hospital”. Tenía cáncer.

Marcos murió, pero a veces lo veo en fotos que mi mamá guarda como recuerdos de los tiempos en que sus hijos trataban de imitar a Jorge Campos, Alex Aguinaga o al “Cuchillo” Herrera en las canchas. Nunca es el protagonista de las fotos, luce como un personaje secundario de cientos de historias que él forjó.

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