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La resurección

Me tardo en escribir esto, quizá, porque todavía no digiero todos los sentimientos vividos desde que el Necaxa ascendió a Primera División. Desde su eliminación contra el América en las Semifinales, pienso en ese primer partido contra el Cruz Azul en el que disfracé el escepticismo con optimismo, en los empates –que parecían interminables – ,en esa borrachera que me dejó tanto partido ganado y posteriormente en esa sorpresiva entrada a la liguilla que la precedió un triunfo sobre el actual campeón en Cuartos de Final y una digna eliminación en Semifinales que, hasta hoy, no sé cómo me hace sentir.

Cuando leí por primera vez: “elegir un equipo es una forma de elegir como transcurren los domingos”, me sentí inmediatamente identificado. Para mí, como necaxista, fue una forma de enfrentar la incertidumbre. Villoro me ayudaba, una vez más, a descifrar la realidad. Sin embargo, la complicada interpretación de esos domingos – o sábados – me hacían dudar de la causa original: ¿en qué carajos se había convertido ese equipo? Olvidé – otra premisa del autor de Dios es redondo – que así como los católicos necesitan aceptar la resurrección, los necaxistas necesitamos que “nuestro equipo resucite mucho”.

Con el tiempo, los que todavía basamos nuestra fidelidad en ese equipo que se entendía como si lo conformaran doce hermanos, desobedecidos para bien por el menor, Horacio Casarín, fuimos abordados por ese tipo de aficionados que cree que lo que sucedió hace 50 años existe en un universo paralelo, el cual no merece respeto alguno o merece todo tipo de desestimación.

Con eso lidiamos en forma de burlas y actitudes condescendientes.

Hasta que en el ascenso empezamos a ganar y eso se convirtió en una justificación de su esnobismo o ignorancia: del folclor, el necaxismo pasó a ser tratado como una tradición que cada triunfo de los dirigidos por Alfonso Sosa, legitimaba.

Y los viejos ídolos revivieron.

Fui dos veces a verlos: cuando enfrentaron al Monterrey y perdieron 2-1 y cuando le ganaron a Tigres en el Universitario 0-2. Estos dos partidos reflejan a la perfección la metamorfosis del Necaxa. En la jornada 5 perdieron contra los rayados y en la 13 derrotaron a uno de los finalistas. En 8 partidos, el Necaxa volvía a ser otro, cualidad no desconocida para un equipo que desapareció en forma de protesta en contra de la profesionalización del futbol y después resurgió como si nada hubiera pasado, desapareció otra vez y resucitó para dominar la década del grunge.

Como todo buen necaxista, sé que es insensato apostar en la constancia de la dicha y que el futuro del equipo es una metáfora del juego, pero me alegro de que la identidad del equipo siga intacta y por lo tanto su destino, porque como dice el mismo Villoro: “La identidad no es otra cosa que una ilusión compartida. Como el incierto destino, el Necaxa vive por el asombro y ha vuelto a resucitar”.

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