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Perder el sentido del ridículo

Gabriel García Márquez se dio cuenta que había un lugar – en ese momento desconocido para él – donde el sentido del ridículo le estorbaba: el estadio de futbol. En 1950 asistió a ver un partido entre Junior y millonarios y entendió “por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores”.

Fue testigo por primera vez del gesto inexplicable que representa usar una camiseta con ciertos colores y escudo, y convertirse durante un tiempo en otra persona, adaptar una nueva personalidad, calificada muchas veces como irracional.

Aceptando la pérdida de su sentido del ridículo, se atrevió en la crónica El juramento que escribió para El comercio de Lima a exponer su opinión sobre un juego que apenas conocía, utilizando metáforas y ejemplos literarios.

“…si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía.
“Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias.

“Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica”.

Javier Marías ha escrito que no hay otra cosa que lo haga reaccionar de la misma manera que reaccionaba cuando tenía 10 años que el futbol. Lo llama “la verdadera recuperación semanal de la infancia”. Y hay muy pocas cosas más serias que la infancia.

Perder el sentido del ridículo, al final de cuentas, nos hace más vulnerables. Así como podemos hacer una crítica de un tema que apenas conocemos, cabe la posibilidad de reaccionar de una manera inusual ante una circunstancia muchas veces imprevista. Nos mostramos de una forma peligrosamente honesta y no hay distinción especial entre la tristeza y alegría.

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