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Ryszard Kapuściński y La guerra del futbol

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Hoy 23 de enero se cumplen 10 años de la muerte de “El periodista que contó la historia desde la gente común” y “Maestro de la literatura de hechos”, el polaco Ryszard Kapuściński.

Fue corresponsal en el extranjero de la Agencia de Prensa Polaca durante 17 años. Se ganó la vida mucho tiempo mandando cables informativos desde Siberia, Armenia, Irán, Angola y Centroamérica. A partir de esas coberturas, abandonando la brevedad de la noticias, emprendió la escritura de libros que se pueden leer como material de estudio para los que pretendan ejercer el periodismo o como las aventuras de un reportero que puso en peligro su vida al empeñarse a no dejar de contar las grandes historias desde la trinchera de la gente que no tenía – tiene – una voz.

En 1969, El Salvador y Honduras se disputaron en dos polémicos partidos el pase al Mundial de México que se llevaría a cabo un año después. Luis Suárez, periodista mexicano de origen español vio venir “La guerra del futbol” después de leer la crónica de uno de los juegos. Se lo hizo ver a Kapuściński, quien en ese entonces vivía con él y éste decidió viajar a Tegucigalpa con la intención de cubrir la inminente tragedia.

En su libro que lleva el mismo título que el del reportaje: La guerra del futbol, se puede leer el trabajo de Kapuściński y en forma de homenaje, transcribo algunas frases:

“En América Latina, decía – refiriéndose a Luis Suárez – , la frontera entre el futbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño estaba destrozado: ‘La derecha militar’, dijo, ‘tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie le importune’ ”.

“Después del partido en el que México ganó a Bélgica por 1 a 0, borracho de tanta felicidad, Augusto Mariaga, alcaide de la cárcel de Chilpancingo (estado de Guerrero), que alberga exclusivamente a presos condenados a cadena perpetua, recorre los pasillos pistola en mano, dispara al aire y, al grito de ‘Viva México’, abre una a una todas las celdas, dejando en libertad a 142 criminales peligrosos. El tribunal absuelve a Mariaga, ‘porque según se puede leer en la motivación de la sentencia, actuaba llevado por un arrebato de patriotismo’ “.

“En ese momento oí abrirse muchas ventanas, de donde me llegaban unos susurros llenos de terror: ‘¡Silencio! ¡Silencio!’, voces ahogadas en una ciudad que quería que aquella noche el mundo se olvidara de ella, que deseaba sumirse en la oscuridad y el silencio, que se defendía de ser desenmascarada”.

“Desde la mañana, la policía agrupaba a todos los salvadoreños en unos improvisados campos de concentración, estadios las más de las veces. En toda Latinoamérica, los estadios cumplen esta doble función: en tiempos de paz sirven como terreno de juego, y en tiempos de crisis se convierten en campos de concentración”.

“Mientras atravesábamos sigilosamente el bosque pregunté al soldado por qué él y sus compatriotas luchaban contra El Salvador. Me respondió que no lo sabía, que eran asuntos del gobierno. Le pregunté cómo podía luchar sin saber en nombre de qué causa derramaba su sangre. Repuso que viviendo en el campo más le valía no hacer preguntas. El que pregunta despierta sospechas del alcalde de la aldea…Hay que vivir de modo que el nombre nunca de uno nunca llegue a los oídos de las autoridades, del poder. En cuanto oye un nombre, el poder lo apunta en seguida, y el hombre que lo lleva, una vez identificado, no dejará de tener problemas. Los asuntos del gobierno rebasan la capacidad de la mente de un campesino, pues los gobernantes tienen conciencia, algo que al campesino jamás le dará nadie”.

“La guerra del futbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas…El futbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países”.

“Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es”.

 

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