Esperando un gol caído del cielo

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La reducción gradual de goles en el futbol debido a la filosofía de organizarse para impedir que se juegue en vez de jugar, que tanto reprochó Galeano, nos ha llevado a asombrarnos por pequeños y esporádicos destellos de genialidad de unos cuantos y a analizar alineaciones deificando a entrenadores que imponen la estrategia defensiva a costa de la imaginación y talento de sus propios jugadores.

Hoy en día los analistas hablan de todo menos de goles; la sección de las mejores jugadas y goles de la jornada pasa siempre al final de todos los programas, como si no importaran. La esencia del futbol parece ser otra.

La temporada pasada, sin darme cuenta, desarrollé un sentido de asombro por cada gol que veía, sin importar su significado: trascendente o intrascendente. Mi novia, quien se enajena con algún libro cuando no está dormida mientras yo veo un partido me ha dicho constantemente que mis reacciones al ver cualquier tipo de gol son exageradas. Puede que tenga razón. Sin embargo, sostengo que mi estupor se debe a la poca oferta de espectáculo que veo semana a semana.

El día de ayer, por el cumpleaños número 43 de Zinedine Zidane, encontré en las redes sociales decenas de mensajes recordando el gol que anotó en la final de la Champions la noche en que el Real Madrid ganó la novena. Horas después leí un artículo del novelista español Javier Marías – quien profesa un amor de antaño, por lo tanto sincero al equipo de Chamartín – titulado: Caído del cielo.

En el artículo, el escritor español expone que “entre los goles admirables, los hay buenos, los hay grandes, los hay maravillosos y los hay sobrenaturales”. Estos últimos – afirma el autor – siempre llegan de manera inesperada, azarosa o improvisada, a diferencia de los goles a balón parado o intencionados, que de antemano se sabe que la jugada prefabricada culminará en gol.

El gol de Zidane no se lo imaginó ni el mismo Zidane porque las estadísticas dictan que el pase de Solari no tendría que haber llegado a Roberto Carlos, y el globo que mandó Roberto Carlos tendría que haber sido interceptado por algún defensa realizando una de esas coberturas que estamos tan acostumbrados a ver, que aniquilan la presión en el momento preciso que esperamos un disparo a puerta. Pero aquella noche no fue así, Zidane deambulaba afuera del área, a un lado de la media luna y quizá – como dice Javier Marías – ni siquiera él sabía que anotaría aquel gol hasta que el balón dejó de elevarse y no empezaba a caer todavía. Fue entonces, en las palabras del español – que lo narra mejor que cualquier intento propio – “cuando Zidane, que sabe de gravedad y ligereza, entendió que ya no haría más recorrido en el aire que el vertical hacia abajo. Y vio que caería justo donde él estaba. Sólo entonces se le ocurrió, sólo entonces lo decidió, si es que este último verbo puede aplicarse a lo que jamás fue meditado. Ni por los jugadores alemanes ni por los madridistas. Sólo entonces Zidane comprendió la naturaleza azarosa, improvisada, inesperada de aquel balón: era sobrenatural, un regalo caído del cielo. El resto lo puso él. Él parece también a veces caído del cielo. Por eso supo reconocerlo, y hacerlo carne, y luego verbo”.

El recuerdo de aquella anotación llega en un momento en el que uno se asombra por genialidades esporádicas, o incluso, tristemente, por intentos de genialidades que ayudan a mantenerse despierto ante un juego soporífero. Quizá mi novia tenga razón y mis reacciones son exageradas, o quizá sólo esté añorando sin saberlo, la dicha de ver un gol caído del cielo.

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